El compañero Joan Roura recibió este 15 de junio en el Parlament de Catalunya el premio Solidaridad 2020 que otorga el Instituto de Derechos Humanos de Catalunya (IDHC) y que ha reconocido su trabajo periodístico en la mención especial Medios de comunicación que en el marco de este galardón se entrega a profesionales y medios que en el ejercicio de su tarea informativa abordan la defensa y la protección de los derechos humanos. En su intervención, Roura reclamó que se aplique lo antes posible la reforma de la Ley de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA), donde trabaja, que ha sido aprobada por el Parlament y todavía no se han implementado las medidas que propone.

En el mismo acto, presidido por la presidenta del Parlament, Laura Borràs, se entregó el premio del IDHC a la Asociación in vía, ganadora del Premio Solidaridad 2020, que concede esta entidad desde 1987. De las 16 candidaturas presentadas a la convocatoria, el jurado del premio, formado por representantes de organizaciones y activistas de derechos humanos, ha querido reconocer la tarea de in vía en defensa de los derechos de las personas que sufren violencia y discriminación, especialmente las mujeres maltratadas.

El IDHC ha explicado que el reconocimiento a Joan Roura, redactor de internacional de los servicios informativos de TV3, especializado en Oriente Medio, que ha cubierto como enviado especial los conflictos de la región desde los años 80, es por «sus crónicas, que han sido imprescindibles para conocer y entender en clave de derechos humanos la realidad de la región, incorporando siempre las voces olvidadas de las víctimas de los conflictos». En su agradecimiento por esta distinción, Roura destacó la función social del periodismo, «de apoyo a las libertades, a los derechos, y de denuncia de todos los tipos de vulneraciones». También se refirió a las reformas pendientes en la CCMA.

A continuación reproducimos su intervención en el acto en el Parlamento:

«Buenas tardes a todo el mundo y gracias por hacernos compañía a todos juntos.

En esta casa, el Parlament de Catalunya, especialmente representativa de lo que queremos.

Gracias por abrir las puertas a un acto de defensa de los derechos humanos, me atrevería a decir que cada vez más vulnerables.

Gracias al Instituto de Derechos Humanos de Cataluña por permitirme compartir esta mención especial a un periodista con la organización premiada este año, la Asociación In Vía, en unos momentos de repunte lamentable y condenable de la violencia machista. Jamás más acertado que reconocerles con un galardón denominado “Solidaridad”.

Es función de los periodistas –creo– abordar la realidad bajo unos parámetros que eviten la neutralidad puramente equidistante. El primer marco de referencia para nosotros tendría que ser la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En situaciones de conflicto, como son las que me han ocupado la mayor parte de mi vida profesional, deben tenerse siempre presentes también las cuatro Convenciones de Ginebra sobre el derecho internacional humanitario. Están destinadas, especialmente la cuarta, a proteger las víctimas de los conflictos armados.

Con estas referencias en el bolsillo, y los conocimientos de contexto que se nos supone, nuestro trabajo tendría que consistir en dar voz especialmente a las víctimas y denunciar a los victimarios. Más cerca de nosotros, lo podríamos decir de otro modo: cuestionar el poder y apoyar a los que sufren los abusos.

El periodismo, para mí, no es un cuarto poder cómo a menudo se le ha denominado para utilizarlo, precisamente, entre los poderosos. Mi oficio, esto lo he ido entendiendo a lo largo de más de 40 años, tiene una función social, de apoyo a las libertades, a los derechos, y de denuncia de todos los tipos de vulneraciones.

En situaciones de conflicto, social o bélico, no vale la neutralidad, porque demasiado a menudo, siempre, acaba beneficiando a los más fuertes, al equipararles a sus víctimas.

La objetividad es otra cosa. Puede parecer quimérica, porque se basa en contrastar y describir hechos con el poco tiempo que se pueden permitir la mayoría de medios. Se tiene que encapsular la información, lo que quiere decir que tiene que ser escogida e interpretada por el periodista y no hay dos personas que vean igual un mismo acontecimiento.

Aquí entra el tercer factor a tener en cuenta en el oficio: la independencia profesional, imprescindible para trabajar e interpretar la noticia según criterios que pueden marcar el derecho humanitario, los códigos deontológicos, pero no la ideología del periodista, y menos aun la de los que sustentan económicamente un medio.

El periodismo es interpretación de los hechos, a la fuerza. Porque la realidad –siempre compleja– se tiene que resumir, hacerla entendible. Explicarla, en definitiva, y de la manera más contrastada y rica en matices que sea posible.

A veces es una mirada que lo dice todo. Como la de una mujer que nos encontramos en un hospital de Nassiya, en Irak de la ocupación de 2003. Nos gritó con los ojos. Nos abrió un pañuelo de hacer fardos que tenía al regazo. Dentro, su bebé muerto. El médico nos dijo que de gastroenteritis, una dolencia que aquí ya no mata nadie. En la calle, miles de tanques norteamericanos avanzaban hacia Bagdad, sin señales de ayudar a los civiles que decían liberar. Rasgo, eso sí, del lanzamiento de botellitas de agua y chocolatinas ante las cámaras.

Aquella mujer, y su hijo, eran víctimas dobles. Del régimen de Saddam Hussein, pero también de los años de sanciones internacionales que culminaron con la ocupación ilegal anglo-norteamericana.

Se trata de esto. De poner el foco, o el lápiz, o el micro a los invisibles detrás de los ejércitos y de los que les comandan. Porque ellos son los protagonistas de verdad, los que sufren los juegos de poder, los que no se miran ni se escuchan cuando se toman las grandes decisiones en los palacios.

Pero esto casi nunca lo puede hacer un periodista solo, ni un equipo que es como trabajamos en la televisión. Hace falta el apoyo de un medio. Material, pero sobre todo de confianza. Confianza en el profesional para publicar o emitir lo que ella o él dice que ha visto, ha escuchado, ha captado, ha olido y, en un último paso, ha interpretado antes de llevarlo al público.

La independencia, la profesionalidad de los medios de comunicación es condición ‘sine qua non’ para ofrecer información veraz. No neutral, quizás no del todo objetiva, pero veraz, contextualizada y enmarcada en el derecho internacional y humanitario.

En este sentido, y aprovechando el edificio donde nos encontramos, quiero acabar con un ruego en el Parlament de Catalunya. Se dispone a renovar el Consejo de Gobierno de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, donde trabajo. La nueva ley de la “Corpo” se aprobó, aquí, por unanimidad, hace dos años, pero todavía no ha sido aplicada por falta del consenso que exige en los nombramientos de los consejeros y consejeras.

La petición es que no se aplace más, que el consenso sea lo más amplio posible y que las personas sean nombradas por sus méritos profesionales, por encima del color político que puedan representar.

Los medios públicos son absolutamente necesarios, pero tienen que garantizar la pluralidad y, sobre todo, la independencia en el trabajo de sus profesionales.

Gracias, gracias, gracias.»

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