Agustí Jiménez es uno de los personajes más zafio que he conocido en esta profesión. Lo conocí en 1992, cuando era la mano derecha de los hermanos Emili y Carles Dalmau, editores de los diarios La Mañana y Diari de Lleida. Los hermanos Dalmau habían comprado el Diario de Barcelona a la ONCE en una operación con la que creían que hacían un negocio redondo. Yo era entonces el presidente del comité de empresa de Publicaciones de Barcelona, la sociedad que editaba el viejo Brusi. Ya en los primeros contactos, Agustí confirmó toda la fama que lo precedía como persona chapucera, zafia y mezquina en todo aquello que se refería a las relaciones laborales, faceta de la que se ocupaba siguiendo las instrucciones y la política dictada por los Dalmau.

Impulsaron el proyecto Nou Diari, que acabó como el rosario de la aurora, y ahorraré los detalles de la experiencia porque en las hemerotecas hay información suficiente para saber como y por qué aquello no funcionó. Pero seguramente que uno de los motivos era la peculiar manera como los Dalmau entendían el negocio de los medios de comunicación, manera que Agustí Jiménez ejecutaba en el día a día. Bien pronto, ya debía de ser el año 1993, Jiménez quiso aplicar una serie de medidas para ahorrar costes. Una de ellas era la de despedir la sección de edición en bloque. El argumento era que todo el mundo debía escribir bien, argumento que es tan cierto como demagógico. Desde el comité de empresa se le recordó la necesidad de disponer de elementos de control de calidad del producto y que todos los medios de comunicación serios disponían de más de una fase –una como mínimo– de revisión y edición de textos. La respuesta de Agustí Jiménez todavía la recuerdo como si fuera ayer: «Da lo mismo si hay faltas de ortografía; lo importante es que haya anuncios». Los criterios de calidad no importaban; se trataba de llenar los vacíos que dejaba la publicidad. Finalmente, aquella ocurrencia no se llevó a término, aunque después el diario y el conjunto del proyecto Nou Diari entró en una deriva decadente y se fue degradando hasta que en enero de 1994 cerró las puertas definitivamente.

Ahora, cuando ya hace diecisiete años de aquello, la situación de los medios de comunicación en Catalunya y en España pone de manifiesto que las teorías de Agustí Jiménez han triunfado. Lo que entonces yo consideraba medios serios han asumido aquella filosofía: se trata de llenar los espacios que deja la cada vez más escasa publicidad. Los medios de comunicación se han convertido en máquinas mediáticas dónde la información ha dejado de ser lo fundamental, el eje del negocio. Ahora prevalece más que el producto salga barato antes de que sea bueno. Se han perdido los orígenes y, ya se sabe, cuando se pierden los orígenes, se pierde identidad.

Y ha pasado lo que tenía que pasar: el público cada día se aleja más de los medios, al menos, de los que hasta ahora había ido siguiendo con notoria fidelidad. Comparar lo que eran los grandes diarios en España hace diez o quince años y lo que son ahora es un ejercicio que sólo lleva al desaliento más absoluto. Muchos periodistas, en la intimidad, esto sí, lo reconocen. Y si hacemos una mirada a los medios audiovisuales, cada día encontramos episodios que nos hacen enrojecer. No hace tantos días de uno de los más sonados, en Alemania, cuando un reportero de Cuatro comandó una operación de escarnio de un indigente en las calles de Hamburgo, transmitida además en directo por los informativos de la cadena.

¿Estamos en un camino sin retorno? ¿Estamos asistiendo a la muerte por inanición del periodismo? No. Todavía queda margen para enderezar el rumbo. Pero esto pasa básicamente por que los periodistas recobremos como colectivo el papel que nos corresponde. Es evidente que individualmente hay muchos profesionales que hacen de manera correcta su trabajo y muchos más que lo intentan y más o menos lo van consiguiendo. Las empresas de comunicación tienen su cuota de responsabilidad –y mucha–, como la tiene el Gobierno, por no haber regulado el derecho a la información, tal como se había comprometido en su campaña electoral. Pero, ¿qué responsabilidad tenemos los periodistas, los profesionales de la información? No luchar lo suficiente para dotarnos de las herramientas necesarias par hacer frente a esta creciente ignominia.

Los periodistas debemos combatir los Agustines Jiménez que cada día más ocupan las gerencias y los consejos de administración de los medios de comunicación, tanto públicos como privados. Debemos defender que las redacciones recuperen el protagonismo de las decisiones. Que las personas que hacen información –sea en la redacción, sea desde su casa como periodista a la pieza, sea desde una corresponsalia– dispongan de unas condiciones laborales dignas que les permitan defender un periodismo de calidad. Cierto que la batalla actual es la defensa del empleo y el mantenimiento de los salarios, pero si esto no va acompañado por una apuesta profesional, cualquier medio de comunicación ya podrá contratar un Agustí Jiménez para hacer de gerente. No lo hará peor que los que ahora ya tienen.

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